Renaud llevó la barca hasta el centro del lago, sacó las cañas de pescar y paró el motor.
El aire era limpio y frío. Siempre que decidían pasar unos días en la casa del pueblo, las primeras horas le resultaba raro respirar, como si la densidad del oxígeno allí fuese diferente, más ligera que la del aire viciado de la ciudad, cargado de humo, ansiedad y muerte.
Miró a Camille de reojo, no había variado la postura.
No la culpaba de nada. Cuando discutían podía ponerse muy vehemente, cabezón. Y esa ocasión no fue muy distinta que las demás. Quiso disculparse, estaba soportando mucho estrés.
Pero no sirvió de mucho.
—Hemos hecho bien en venir —dijo para disipar el nubarrón que les rodeaba—, en Lyon las cosas se estaban poniendo feas con ese nuevo cuerpo de gendarmes rondando todos los días. El gobierno nunca reconocerá que están muertos de miedo, no saben manejar la situación. Como la mayoría, supongo.
Camille no contestó, continuaba quieta con las manos sobre el regazo. Su esbelto cuerpo se movía al compás de las pequeñas olas que chocaban con la goma desgastada de la vieja Zodiac que heredó de su difunto padre, junto con la casa del lago.
Renaud clavó los ojos en la orilla que tenía delante. En el embarcadero, un hombre revisaba los amarres de su fueraborda. Las luces de su casa estaban encendidas y se adivinaba movimiento en el interior.
—Parece que los Durand han hecho lo mismo que nosotros. Salir de la ciudad es lo más inteligente, ¿no crees?
Renaud no recibió respuesta. Empezaba a enfadarse de nuevo por verse forzado a soportar aquel monólogo tedioso, pero en seguida se obligó a calmarse, no tenía derecho a reprocharle nada a su mujer.
Aun así, sintió una punzada de irracional decepción al mirar a Camille, que continuaba sin moverse.
—Me encantaría que dijeras algo, aunque solo fuese una palabra.
Pero él sabía que no lo haría.
El viento se hizo más acusado y trajo consigo una corriente que zarandeó la barca. Camille cayó a un lado y su cabeza rebotó contra el fondo de madera.
Renaud observó el cadáver de su esposa. Un solo golpe fue suficiente para romperle el cuello en un arranque de furia.
Miró al cielo, empezaba a oscurecer. Sin ella, la vida iba a resultar muy aburrida.