Puerta Nº 10

Ni rastro de Humanidad

La inspectora Romero llegó a la base aérea sola, cuanto menos jaleo hubiese alrededor del asunto, mejor.

A pesar de que los hechos ocurrieron en zona militar y que entre las víctimas había oficiales, la sospechosa era civil.

Locura transitoria.

La encontró sentada en un banco de piedra cerca de una barbacoa de obra con brasas aún humeantes, los brazos cruzados sobre el pecho y expresión de extremo aburrimiento. Llevaba puesto un collar amarillo de estilo hawaiano de los que venden en los bazares, y una banda con la leyenda ¡Hoy es tu día!, que hacía equilibrios por no caer de su hombro.

El policía militar que la acompañó hasta allí, le explicó que esa zona recreativa de la base era utilizada por oficiales y suboficiales para la celebración de fiestas y eventos familiares.

Cumpleaños fatal.

Los cuerpos de los fallecidos estaban desperdigados por el suelo y los supervivientes eran atendidos por los servicios de emergencia entre gritos de angustia y dolor. Una joven, con los ojos empañados por las lágrimas, miraba a su padre muerto y a la sospechosa de forma alternativa, incapaz de comprender lo que había sucedido.

Sangre y confeti.
barrera
NI RASTO DE HUMANIDAD

Un par de globos enormes metalizados bailaban al son del aire, cada vez más fuerte, de la tormenta que tenían encima. Justo debajo, la supuesta arma que la mujer había empleado, teñida del líquido vital que manó de los enormes agujeros que abrió en la carne de sus invitados.

Feliz medio siglo.

La inspectora miró el atizador de carbón. El hollín se había mezclado con la sangre formando una masa viscosa repugnante. Desvió la vista y se acercó a la supuesta agresora, que la observaba con una mezcla de curiosidad y hastío, sospechando que la siguiente en el escrutinio sería ella.

—Buenas tardes, soy la inspectora Magda Romero.

—Pues ya ves —escupió la sospechosa.

El tono desafiante de la mujer la descolocó un poco, pero no lo exteriorizó.

—¿Puede, por favor, contarme lo que ha pasado aquí?

Ella elevó la vista desde su asiento, suspiró y abarcó la zona con la mirada.

—No me gustan las fiestas sorpresa.  

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