Puerta Nº 20

Ni rastro de Humanidad

Todo se termina. Nos guste o no.

Y en este momento siento que lo que se acaba es algo más importante que el mismísimo oxígeno.

La temida página en blanco me observa desde la pantalla del ordenador. Esa luz inmisericorde que me provoca sudores fríos, ansiedad, miedo. La frustración regresa implacable gritando que no soy nada, que mi pobre inspiración muere en cada cierre tras las escasas palabras que logro arrancar del sufrimiento ajeno.

Un puñado de relatos que dependen de la sangre de aquellos que aparecen en sus páginas volátiles.

No me queda otra.

Cierro el portátil y me lo pongo debajo del brazo. Detesto volver a hacerlo, pero la sensación de ahogo durante días sería mucho peor. Y no puedo negar que el sistema funciona.

Analizar a otras personas es una buena forma de tentar a las musas. Ya se ha hecho antes con maestría. Yo solo estoy llegando un poco más lejos, doy un pequeño empujón y aprovecho la coyuntura. Aunque la gente no quiera verlo, esto se extiende por todas partes.

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Reconozco que ya sospechaba que iba a volver a suceder. Temía que, una vez más, no sería capaz de escribir una triste palabra sin ayuda. Y me anticipé, por si no llegaban las ideas.

No es la misma emoción que sentía antes, pero se parece un poco. Algo es algo.

Giro la llave de la cerradura y abro la puerta despacio. Emite un chirrido molesto.

Nota mental: tengo que comprar 3en1.

Bajo los escalones y percibo la presencia, se mueve en la oscuridad como un roedor tratando de escapar de la luz. Pero sabe que no puede… Y yo también.

No disfruto del proceso, solo del resultado. No voy a entretenerme como esos sádicos que están sembrando el caos en las calles. No tiene sentido.

Hundo el cuchillo en su garganta, la carne no ofrece resistencia, las ligaduras que la aseguran son fuertes y apenas reacciona. Sus ojos me miran muy abiertos, sin comprender. No tengo tiempo ni ganas de darle una explicación, sería demasiado complejo.

La sangre chorrea hasta las baldosas que ayer limpié con un abrillantador carísimo.

Observo el líquido expandirse, oleadas de su olor metálico alcanza mis fosas nasales.

Entonces ocurre la magia.

Las palabras llegan agolpadas en cientos de ideas que van tomando forma en un todo perfecto. Me siento en el suelo sobre el rojo mensajero de la inspiración y abro el portátil. La oscura armonía que emana desde abajo llena la odiosa página a velocidad de crucero.

La sensación es maravillosa.

Termino en apenas diez minutos, me levanto y miro abajo. Otros pantalones perdidos. A este paso voy a tener que escribir en bragas.

Observo el cadáver que cuelga sin vida de la viga de mi sótano. Un nuevo huésped para el jardín, compañero de las otras diecinueve musas con sus diecinueve puertas, cuerpos que ya son abono de las margaritas que pronto comenzarán a brotar.

Me encantan las margaritas.

 

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